Finales abiertos
El arte de lo inacabado
El otro día leí una newsletter titulada El arte de lo inacabado, que, como habrás notado, forma parte también del subtítulo de mi propia newsletter. La enviaba Joe, escritor para más señas.
Me gustó mucho lo que explicaba sobre los finales abiertos. Te dejo un fragmento de su texto:
“Un final abierto es una herida que nunca cierra, una verdad a medias que convierte al lector en cómplice, la puñalada del escritor. ¿Qué ocurre cuando un autor decide no atar cabos? Ocurre que la historia sigue viviendo más allá de la última página.”
Al leerlo, recordé una historia relacionada con uno de mis libros.
Como sabes, si llevas tiempo por aquí, soy muy fan de Haruki Murakami y creo haber leído todo lo que se ha publicado en castellano del autor.
No sé si lo sabes, pero Murakami no se considera un buen escritor de relatos cortos (creo que lo explicaba en una nota de autor en Sauce ciego, mujer dormida, aunque no estoy del todo seguro). Decía que no tiene espacio suficiente para desarrollar sus historias y que, por eso, la mayoría de sus relatos tienen finales abiertos.
Recuerdo la sensación de leer esos relatos y la fascinación que me produjeron esos finales inacabados. Y sí, algunos no están a la altura del gran escritor que es, pero aun así me marcaron. En parte porque me hicieron ver que, a veces, lo importante no es cómo termina la historia, sino lo que despierta en ti mientras la lees y lo que sigue resonando después.
Todo eso me llevó a utilizar la técnica del final abierto en muchos de los relatos que compusieron mi primera antología, El principio del fin (2015). Incluso recuerdo que uno de ellos estaba inspirado en una de las novelas del genio japonés: Al sur de la frontera, al oeste del sol.
Un año y medio después de su publicación recibí esta valoración:
Lo primero: romper una lanza a favor de quienes te ponen 1 o 2 estrellas, pero al menos intentan justificarlo.
Luego, podríamos discutir lo que escribió, porque creo que no entendió bien el libro de relatos, al que llama “novela” (no sé por qué), y además desprestigia un texto que yo mismo expliqué en el prólogo que había estado descansando en un cajón.
Para rematar, resulta que no le gustó porque muchos relatos le “tocaban la fibra” (¡y yo feliz como autor de que así fuera!).
Y como cierre, lo que nos incumbe hoy: no le gustó porque muchos relatos estaban inconclusos.
Soy consciente de que los finales abiertos no pueden gustar a todos los lectores, pero como autor creo que, bien empleados, son una de las técnicas que más fuerza narrativa pueden dar a un relato, como explicaba Murakami. Tienen algo de honestidad: reconocen que la vida nunca cierra todos sus hilos, que siempre quedan cabos sueltos y preguntas sin respuesta.
Con los años también he entendido que un final abierto es un acto de confianza hacia el lector. Le das la libertad de completar, imaginar o incluso discutir lo que queda en el aire. Esa complicidad convierte la lectura en algo compartido, más vivo y personal.
¿Y a ti? ¿Te gustan los finales abiertos en algunos casos o no los soportà? Cuéntame.
¿Sabes que puedes apoyarme de una forma más comprometida y qué tienes diversas opciones?



No solo me gustan, me encantan siempre que estén utilizados con inteligencia y supongan un redondeo inconcluso de la historia. ¿Por qué? Porque como a tí, eso me sugiere una confianza enorme en el lector, en su imaginación y también —seamos honestos— por un poco de intención de legado, por ego.
Si ese final queda en la mente del lector suspendido durante un tiempo, tu narración ha ganado todo ese lapso de vida, de algún modo has logrado “trascender”. ¿No te parece?
Siempre me han dado mucha rabia los finales abiertos. Es como "una vacilada" del autor y me tovaba el ego lector. 🙈 Pero después de leer algunas reflexiones en tu post, creo que le daré una oportunidad e intentaré juzgar de manera diferente una novela con un final abierto. Gracias! 🙏🏻