Cruce de Caminos

Zapatos en la orilla del Danubio

Un lugar para no olvidar

ene 09, 2026
∙ De pago

Hay lugares que visitas y otros que te interpelan.
No por lo que muestran, sino por lo que te obligan a recordar.

Viajar, a veces, no consiste en acumular imágenes bonitas ni en tachar monumentos de una lista, sino en detenerse ante aquello que incomoda, que remueve, que deja una pregunta abierta cuando ya estás de vuelta en casa.

Este texto nace de uno de esos lugares. De un viaje en familia y de un punto concreto del mapa donde el silencio pesa más que cualquier explicación.

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Este fin de año lo pasamos en Budapest, una ciudad monumental, pero también cargada de simbolismo en muchos de sus rincones.

Como el primer día llegamos pronto, sobre las 13:00, nos lanzamos a la aventura de situarnos en la ciudad sin haber estudiado demasiado el mapa.

Nos guiamos por la intuición y por la luz. Allí donde hubiera más claridad debía de estar el Danubio, y como sabéis, el río más largo de la Unión Europea, que no de Europa, y el que atraviesa más países del mundo, separa la ciudad en sus dos mitades, Buda y Pest.

La parte, digamos, más moderna es Pest, la más antigua, Buda. Nosotros estábamos en Pest y sí, nuestra intuición fue buena. En unos quince minutos estábamos delante del Puente de la Libertad, uno de los once puentes que cruzan el Danubio en la ciudad y uno de los más emblemáticos.

Allí notamos el cambio de temperatura por la fuerte corriente de aire que se sumaba a las bajas temperaturas. Pero íbamos preparados, pues había previsión de nieve, algo que se confirmó los dos días siguientes con sendas nevadas que volvieron loca a mi hija, ya que nunca antes la había visto ni tocado.

Ese mismo día nos subimos a uno de los muchos tranvías que surcan la ciudad para tener una panorámica de la zona y volvimos al puente, pues justo al lado se encuentra el Mercado Central. Entramos y pudimos conocer la gastronomía húngara, donde el chorizo es uno de los elementos más típicos.

Al salir y cruzar la calle ya estás en el inicio de una de las calles más famosas de la ciudad, Váci utca, conocida por sus tiendas, pero también por sus locales de comida. Recorrimos quizá la mitad, pues se estaba haciendo tarde y queríamos volver al apartamento que habíamos alquilado.

El segundo día salimos con todo estudiado. Fue una jornada muy productiva en visitas, pero no sufráis, no voy a continuar con la guía de la ciudad. Iré directo al lugar que ha provocado que os hable de nuestro viaje a Budapest.

La primera parada fue el espectacular Parlamento de Hungría. Te pasas un buen rato rodeándolo y luego es curioso ver un río de gente bajando unas escaleras, atravesando una carretera que bordea el Danubio, para comenzar después a caminar en una especie de peregrinación por su orilla.

Mientras caminas, a tu derecha, ya en la parte de Buda, ves la Iglesia de San Matías, luego el famoso Castillo de Buda y, cruzando el río, a lo lejos, bajo el castillo, el puente más famoso, el Puente de las Cadenas.

Sigues caminando en dirección al puente y te encuentras con un grupo de gente en silencio, mirando al suelo. Acabábamos de llegar a los Zapatos en la orilla del Danubio, de los que ahora os contaré un poco la historia.

Pero antes, dejadme que os explique una de las imágenes que más me impactó mientras esperaba mi turno para hacer algunas fotografías y mostrar mi respeto.

La imagen era la de una niña, agachada, acariciando con mucho cariño uno de los zapatos de hierro fundido. Al cabo de unos segundos, la madre tiró de una de sus manos, pero la niña se resistía a levantarse. Cambió de zapato y aprovechó para colocar bien los pequeños guijarros que había a su alrededor dentro del zapato.

Sonia Flores Autora nos explicó que los judíos tienen la costumbre de colocar piedras o guijarros sobre las lápidas en lugar de flores. Algún día os puedo escribir sobre ello, pues a mí también me interesa indagar más.

Al final, tras varios intentos, la madre consiguió despegar a la niña de los zapatos. En su rostro se leía la pena del momento. No sé qué le explicó la madre ni si su familia tenía algún lazo emocional con ese lugar, pero la escena me encogió el corazón.

Fue nuestro turno de hacer algunas fotografías y mi hija, a la que Sonia le había explicado la historia de los zapatos y, en ese momento, también la de las piedras, hizo lo mismo que la niña y colocó algunos guijarros dentro de uno de los zapatos. Parece mentira el poder de los símbolos cuando sabes lo que esconden.

A partir de aquí, el paseo deja de ser un recuerdo de viaje y se convierte en memoria.

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Zapatos en la orilla del Danubio

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