¿Quién dijo que el pulp había muerto?
El espíritu de Chandler y Hammett sigue vivo en la nueva novela de Enrique de la Cruz, "Camino a Hollywood".
Han tenido que pasar más de cuatro años para que podamos volver a Los Robles, esa ciudad ficticia fronteriza entre los Estados Unidos y México, donde Enrique de la Cruz ambientó lo que para mí fue, quizás, su mejor libro.
Creo que yo no era el único que le insistía que tenía que volver a regalarnos una novela pulp contemporánea, escrita como un homenaje consciente a los grandes maestros del género, adaptada a sensibilidades actuales, pero con la esencia intacta de Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Y con esto ya te estoy anticipando algo: en los tiempos que corren cuesta encontrar historias así y Enrique las ejecuta como si hubiera sido un discípulo de ambos.
En Camino a Hollywood regresamos a Los Robles, una ciudad que late al ritmo de la intriga, el humo del tabaco y la ambición contenida. Ya sabes que en las ciudades fronterizas suele pasar de todo: son tierra de nadie y de todos a la vez, donde el crimen, el poder y los sueños conviven en una tensión permanente. Y Los Robles no será una excepción.
La historia comienza en 1947, con Tina Foster y Jim Dyson, una pareja recién casada que decide fundar una agencia de detectives privados. La suya es una unión tanto sentimental como profesional, aunque la balanza del reconocimiento parece inclinarse hacia él. Desde las primeras páginas, la tensión se palpa: Tina, brillante e intuitiva, debe luchar contra la condescendencia de clientes y colegas, mientras Dyson encarna al detective clásico, entre la dureza y el encanto.
Antes te decía que la novela tiene en cuenta sensibilidades actuales, y creo que ahí radica uno de sus grandes aciertos: otorga a Tina Foster un protagonismo que va mucho más allá de la típica femme fatale o del interés romántico. Ella es detective en igualdad de condiciones, y su mirada aporta un contrapunto fresco dentro del homenaje al noir más clásico.
El caso parece una sencilla desaparición, pero la investigación irá destapando tensiones ocultas y secretos familiares, a la vez que el pulso de la ciudad se hace cada vez más peligroso para los protagonistas. El autor recrea con acierto el ambiente noir: diálogos punzantes, frases afiladas y agudas, humor negro, atmósferas cargadas y personajes que nunca son del todo lo que aparentan. Todo ello se mezcla con intrigas de poder y una violencia latente que nunca desaparece del todo.
Luego está el detalle que le da título a la historia: la aparición de unos productores de Hollywood que buscan caras nuevas. Entran en juego los sueños y las ambiciones, y eso amenaza con poner en jaque la estabilidad del matrimonio. No olvidemos que en ese momento Hollywood llevaba unos veinticinco años convertida en la meca del cine, y todos mantenían esa imagen romántica del éxito al pisar sus calles. Aquí Enrique de la Cruz cruza la frontera entre el crimen y el espectáculo, entre la vida real y las ficciones que la gran pantalla promete.
Iba a decir que se me ha hecho demasiado corta, pero precisamente ahí está la gracia: los cánones de las novelas pulp marcan esa extensión (122 páginas en este caso) y ese ritmo que nunca se detiene, siempre hacia delante, sin relleno, sin concesiones. Ese vértigo forma parte del encanto.
Por lo que parece, habrá una tercera entrega. Ojalá no tengamos que esperar otros cuatro años para volver a Los Robles. Porque si algo queda claro es que en esa ciudad ficticia todavía quedan muchas sombras por desvelar.
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Genial. Pues habrá que leerlo sin duda.