Cómo reconocer las huellas de una historia que puede convertirse en libro
Los criterios que sigo como editor para identificar y pulir manuscritos con potencial, hasta que estén listos para sumarse al catálogo de Ediciones Pangea.
Hoy es un día muy especial: por primera vez tengo un invitado escribiendo para ti en Cruce de Caminos. Es la primera colaboración en esta newsletter y espero que vengan muchas más, porque la verdad es que todos nos enriquecemos con ellas. Y no solo por “la carta”, como la llama el invitado, sino también por descubrir nuevas plumas dentro del mundo Substack.
Desde el día que me topé con su perfil tuve claro que quería colaborar con él. Lo seguí, fui leyendo sus “cartas” de todos los jueves y ya no me quedó ninguna duda.
Hoy el invitado en Cruce de Caminos es José P. Fierro, editor de Ediciones Pangea, una editorial que comenzó siendo tradicional pero que, con el tiempo, dio el salto al mundo de la autopublicación. Un terreno, creo yo, todavía bastante desconocido y que esta semana espero que podáis explorar mucho mejor.
Pues, además del post de hoy, mañana tendréis la oportunidad de escuchar su voz en la primera entrevista de la nueva temporada del podcast literario de Cruce de Caminos. Una charla que no tiene desperdicio y con la que disfruté muchísimo.
No me enrollo más y os dejo con la carta de José P. Fierro.
Los manuscritos llegan a Ediciones Pangea, mi editorial de autopublicación, como expedientes a la mesa de un comisario: algunos extensos, con pocos cabos sueltos; otros breves, desordenados o pulcros. Como editor —pero, sobre todo, como lector— no me acerco a ellos con mirada de policía, claro está, pero sí con el instinto de quien busca huellas: esas señales invisibles que delatan si en sus páginas hay una historia que quiere ver la luz.
Hace unos días, en un pódcast me preguntaban qué debe tener un manuscrito para que yo quiera publicarlo en Ediciones Pangea. Aquí acompaño a autores que no buscan que su libro sea simplemente papel encuadernado con una portada bonita, sino una obra capaz de dejar un rastro profundo en el lector. Y para decidir si un texto tiene ese potencial, aplico criterios que mezclan el placer lector con el oficio editorial.
Aquella pregunta me hizo detenerme a pensar con más calma. ¿Qué me lleva a valorar positivamente un manuscrito y apostar por él o a decirle a un autor que, en ese momento, no puedo acompañarlo? Reflexionando, he descubierto que hay ciertos elementos que siempre se repiten en los manuscritos literarios que me convencen. Esto no significa que un texto deba traerlos ya todos de origen.
En Ediciones Pangea creemos que, si un manuscrito tiene una base viva y una voz auténtica, podemos trabajar juntos todo lo que dé forma y fuerza al libro en el proceso de edición.
Hoy quiero contarte cuáles son esos criterios, esas huellas. Y lo haré a partir de Muerte en el olivar, el primer volumen de la trilogía Rencores, de Francisco Gómez. Una serie de novelas policíacas que ha funcionado muy, muy bien y que he tenido la suerte de editar.
Pocos géneros ponen a prueba un manuscrito como la novela policíaca: si la voz es impostada, si la trama tiene un hilo suelto, si los personajes son planos…, el lector lo detecta enseguida. Porque la (buena) novela policíaca no admite trampas.
Rencores, una trilogía policíaca y rural
Antes de seguir, os cuento algo más sobre la trilogía Rencores. Ambientada en la Campiña sevillana, fusiona el género policíaco con elementos rurales y familiares. La historia comienza con la aparición de un cadáver en un olivar tras las fiestas locales de Arahal, lo que desencadena una investigación liderada por Antonio Martín, un joven cabo de la Guardia Civil. A medida que avanza la trama, se revelan secretos personales y familiares que complican el caso. Cada entrega profundiza en los vínculos entre los personajes y las tensiones latentes en la comunidad, manteniendo al lector en vilo hasta el desenlace final.
Aquí puedes conocer más sobre los tres volúmenes:
Muerte en el olivar (2021).
El placer de matar (2022).
Las huellas esenciales de un manuscrito
Al pensar en qué criterios guían mi decisión como editor, me he dado cuenta de que siempre pongo la mirada en cuatro pilares: la voz, la trama, los personajes y el ritmo. Si no están del todo claros en el texto que me llega al correo, no pasa nada: para eso existe el proceso editorial, para trabajarlos codo con codo con el autor.
Si tienes un manuscrito, me gustaría que pienses si cumple estas cuatro huellas antes de mandarlo a una editorial.
Para mostrarte cómo los aplico de manera práctica, he recuperado el informe de lectura que redacté en 2021 después de leer el manuscrito del primer libro de Rencores. Ese informe fue el punto de partida de todo el proceso de edición. Voy a compartirte algunos extractos, en los que destaco lo que entonces señalé al autor como fortalezas o aspectos a pulir.
Aunque, por supuesto, he eliminado cualquier detalle que pudiera arruinarte la lectura con spoilers. Lo que encontrarás son comentarios literales de aquel informe, entrecomillados, que muestran cómo aplico estos criterios al evaluar un manuscrito real.
Primera huella: la voz
Lo primerísimo que escucho al abrir un manuscrito es la voz del autor. Si su voz me
Lo primerísimo que escucho al abrir un manuscrito es la voz del autor. Si su voz me convence, me asalta lo que llamo la «conexión» con el autor. Y no se trata de perfección técnica, sino de sorprenderme con algo que no he leído nunca.
En Rencores, pude apreciar rápidamente la voz afilada de Francisco Gómez. No describía un olivar, sino que te lo hacía sentir. Y esa voz, creo, no se fabrica: se destila de la experiencia y la mirada del autor.
Se percibe ya desde el título:
«El título de la obra me parece bueno. Casa perfectamente con los conflictos narrativos entre (…)».
Y, sobre todo, desde el primer párrafo:
—¡El turronero, ha llegado el turronero! ¡Tenemos turrón de almendras, del duro, del blando, de yema tostada, de nata y nueces y sin azúcar! ¡Vamos, niña, no te quedes sin probar los buenos turrones! —Con ese sonido infernal, como un martillo incesante que golpea sus cabezas, la estridente y repetitiva locución que sale del megáfono de la furgoneta del vendedor despierta a los arahalenses todos los lunes de resaca tras haberse recogido casi por la mañana, después de cinco días de feria bailando, cantando, comiendo y bebiendo en exceso.
En este arranque, hay ambiente, cadencia, matices, color y, sobre todo, autenticidad: si la voz suena prestada, como un disfraz mal puesto, sé que costará mucho sostener el resto del libro.
Además, como pude apreciar a medida que fui avanzando en la lectura, el autor parte de lo local para alcanzar lo universal, algo que me gana siempre.
Una cuestión que también resolvía muy bien Francisco Gómez era cómo integraba descripciones de la zona en la que se ambienta la novela con lo que provoca ese marco espacial y temporal en los personajes:
«Está muy lograda la integración de la parte más narrativa con la vertiente “patrimonial/histórica”. Creo que los recursos de la nostalgia (…) así como sus desplazamientos por la Campiña son muy buenos para conseguir esto que buscas. Muy bien, asimismo, los guiños a la aceituna y sus trabajadores y a Medial TV».
Un autor, acompañado de un editor, puede mejorar la técnica, ajustar diálogos, recortar páginas, pero, a mi modo de ver, la voz no se edita. El papel del autor es hallar esa voz en sus entrañas; el mío, como editor, es descubrirla y amplificarla.
Segunda huella: la trama
Una voz poderosa puede quedarse sin aire si no tiene un camino claro. Ese camino lo marca la trama, la columna vertebral de cualquier libro.
En Muerte en el olivar, el lector encontraba pequeñas resoluciones en cada tramo, pero también un eco que lo invitaba a seguir. Ese equilibrio es oro: dar lo suficiente para saciar la expectativa, pero dejar la inquietud necesaria para que la historia nunca se suelte de las manos.
Cuando evalúo un manuscrito, siempre me pregunto: ¿hacia dónde va? ¿El autor tiene claro qué quiere contar o se pierde en escenas inconexas? En la novela negra, además, esto se detecta enseguida.
En este sentido, suelo valorar la estructura y el pulso del narrador.
Sobre la estructura:
«La división de los capítulos se ha llevado a cabo de manera correcta. Obviamente, hay otras divisiones posibles, pero se solventan bastante bien en toda la novela. Se cumple, en la mayor parte de los casos, la máxima narrativa de finalizar un capítulo cerrando/abriendo un conflicto y comenzar un capítulo cerrando/abriendo otro».
Sobre el narrador:
«El empleo del narrador omnisciente y del tiempo presente son, a mi parecer, dos elecciones muy bien tomadas por tu parte para contar esta historia. Junto a los diálogos —por cierto, ágiles y que hacen avanzar la historia—, aportan verosimilitud a la obra y dan ese punto cinematográfico con el que fue concebido el libro o que has querido transmitir en la novela».
Tercera huella: los personajes
Los personajes son la carne y la sangre de un manuscrito. Si son planos, el lector no se los cree. Si están hechos de cartón, la historia se vuelve previsible. Y en la novela negra esto puede ser letal.
En Rencores, el detective no era un héroe de manual. Los secundarios tampoco eran meros figurantes, sino que algunos reclamaban un protagonismo propio, con arcos narrativos desplegados en paralelo a la trama principal. Incluso la ambientación —las calles, el habla local, los olores y rincones— funcionaba como un personaje más.
«Los personajes también son perfectamente tratados, con sus virtudes y sus defectos. (…) se rifan el ser mi personaje favorito, creo que van a gustar mucho sus papeles en esta historia».




Cuando leo un manuscrito, busco las grietas: contradicciones, gestos, sombras que vuelven humano a un personaje. Uno bueno puede sostener incluso una escena floja; un mal personaje, en cambio, hunde hasta la mejor trama. Por eso, más que la perfección, lo que trato de encontrar en ellos, desde las primeras páginas, es una chispa; de lo demás, nos ocupamos juntos en la edición.
Por cierto, si estoy seguro de que los personajes me van a acompañar durante mucho tiempo, me digo: «Esta sí».
Y cuarta huella: el ritmo y la tensión narrativa
Si el ritmo de un manuscrito falla, el lector se baja, vaya más rápida o más lenta la narración. Busco, desde la primera línea, frases que saben cuándo acelerar, cuándo respirar.
En Rencores, el autor manejaba bien el ritmo: intercalaba capítulos cortos, diálogos punzantes y descripciones que, aunque detalladas, no se alargaban más de lo necesario. Eso mantenía la tensión sin agotarla. Sin agotarme como lector.
Aquí suelo trabajar mucho con los autores: cortar, mover, ajustar, afinar diálogos. Pero hay algo de base que tiene que estar: la intuición del autor de cómo sostener la atención.
«Desde el principio hasta el final, has conseguido mantener la tensión dramática y logras que el lector quiera seguir leyendo. Desde mi punto de vista lo haces gracias a una trama interesante y a la aportación del dato justo y a la dosificación de la información en los momentos pertinentes. En este sentido, me ha gustado especialmente el capítulo del interrogatorio a (…). Esa forma de intercalarlos creo que aporta un plus a la hora de captar la atención del lector».
«También los giros y ganchos narrativos están muy bien usados, pues aportas previamente los datos justos y no son nada tramposos para el lector. La resolución de un conflicto con el cierre del anterior creo que están muy bien ejecutados durante toda la obra».
Cómo acompaño al autor
La edición es una investigación compartida: el autor trae las pruebas y yo ayudo a ordenarlas, a indagar más profundo con él. A veces señalo contradicciones, otras sugiero cortar escenas que, para mí, debilitan la tensión. Pero nunca se trata de condenar un manuscrito, sino de reforzar lo mejor que ya tiene.
«Título, personajes, narrador, tiempo, diálogos, estructura y trama me parecen muy sólidos. Sin embargo, sí aprecio algunos aspectos a tener en cuenta de cara a una mejor edición de la obra para su publicación. Son los siguientes:
1. Cerrar la historia del (…). Aunque se menciona un par de veces que (…), finalmente no lo habla con (…). Creo que, aunque sea en un par de líneas, se debería cerrar esta parte de la historia. (Puede que se haga incluso necesario cerrar las subtramas de otros personajes).
2. Revisar las distintas propuestas de corrección ortotipográfica y de estilo, sobre todo las distintas repeticiones de palabras y el leísmo propio de nuestra zona geográfica.
Respecto a la sinopsis que me trasladaste, me parece adecuada. Pronto la revisaremos para ver si es necesario suprimir o añadir algún elemento de cara a elevar, todavía más si cabe, y si así lo entendemos, su atractivo comercial».
Con todo ello, el resultado fue una novela sólida, emocionante y muy bien recibida por los lectores, un ejemplo de cómo el trabajo conjunto entre autor y editor puede sacar lo mejor de un manuscrito. Aunque en el caso de Rencores partí con ventaja porque Francisco Gómez venía con los deberes hechos y con una voz muy potente.
Las huellas que convierten páginas en memoria
Un manuscrito no tiene que llegar perfecto a mis manos, pero sí vivo: con una voz que respire, una trama que avance, personajes que se sostengan y un ritmo que atrape. Aunque, por supuesto, siempre pueden trabajarse en edición aquellos aspectos en los que una obra esté más débil.
Cuando un texto ya tiene esas huellas, sé que puede convertirse en un libro capaz de dejar rastro en sus lectores. Y ahí es donde empieza el verdadero camino. Entonces podremos centrarnos en lo que realmente importa: no el número de ejemplares vendidos, no los elogios efímeros, sino que alguien, en algún lugar, quede marcado por las palabras de esa historia.
Si estás escribiendo y quieres saber si tu manuscrito está listo para dar ese paso o quieres que trabajemos en sus huellas, estaré encantado de leerlo contigo.
¡Nos leemos!
José P. Fierro,
editor de Ediciones Pangea.
P. D. Si quieres contarme algo sobre tu libro, puedes escribirme directamente a josepfierro@edicionespangea.com.
P. D. 2. Rencores tiene un lenguaje muy cinematográfico porque Francisco Gómez, su autor, es un apasionado del cine. Tanto que el próximo 28 de septiembre estrenará, en el Teatro de Arahal (Sevilla), su primera película: ¡Que caiga el Meteorito!
Y hasta aquí la carta de José P. Fierro
al que le agradezco su dedicación a la hora de escribirla y compartirla.
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